Durante más de ciento veinte años, Puerto Rico ha vivido bajo la tensión entre asimilación y resistencia sociocultural

El fenómeno de Bad Bunny no puede comprenderse únicamente desde las cifras del mercado musical global. Detrás de los récords de reproducción, los estadios llenos y la consolidación del reguetón como lenguaje dominante de la cultura popular contemporánea, existe una dimensión política y emocional profundamente ligada a la experiencia histórica del pasado de Puerto Rico. Su música y sus intervenciones públicas han convertido al artista en una de las voces más visibles de una generación marcada por el desencanto colonial, la inestabilidad económica, los desastres naturales y la indignación frente a la corrupción política.

Lo notable del caso de Bad Bunny no es únicamente que haya logrado llenar estadios en Estados Unidos, Europa o América Latina cantando predominantemente en español. Lo verdaderamente significativo es que lo ha hecho sin renunciar al acento puertorriqueño, a las expresiones afroantillanas del Caribe ni a las referencias culturales de una isla marcada por una larga historia de dominación colonial: primero bajo el imperio español y, desde 1898, bajo la influencia territorial y política de Estados Unidos.

Durante más de ciento veinte años, Puerto Rico ha vivido bajo la tensión entre asimilación y resistencia sociocultural. Desde la invasión estadounidense de 1898, el inglés fue promovido como lengua de la administración y asociado con los ideales de modernización y progreso, mientras que el español y las expresiones de la cultura popular puertorriqueña fueron vinculados con el atraso o el provincialismo. El sistema educativo, las instituciones públicas y buena parte de la política colonial impulsaron la idea de que el desarrollo de la Isla dependía de su acercamiento cultural al modelo estadounidense de modernidad y democracia.

 En Puerto Rico, Bad Bunny representa mucho más que una figura de alcance global. Encarna la posibilidad de convertir la música popular antillana en espacio de memoria colectiva y resistencia cultural. Su propuesta artística expresa las tensiones de una isla caribeña marcada por una profunda crisis estructural derivada de la dependencia colonial, cuyas consecuencias se reflejan en la migración masiva, la desigualdad social y la erosión de la soberanía económica.

En un contexto donde el mercado internacional suele imponer neutralidad lingüística y adaptación cultural, Benito Martínez Ocasio transformó precisamente aquello que durante décadas fue considerado marginal -el español del barrio, el reguetón, el spanglish cotidiano y la experiencia insular- en el centro de una identidad cultural con resonancia global.

Uno de los episodios decisivos en esta proyección ocurrió en julio de 2019, durante las multitudinarias protestas que desembocaron en la renuncia de entonces gobernador Ricardo Roselló. La filtración del llamado “Telegramgate” desató una ola de indignación social sin precedentes en la historia reciente de la Isla. Bad Bunny no permaneció margen: suspendió sus compromisos profesionales y regresó a Puerto Rico para sumarse activamente a las manifestaciones junto a artistas como Residente y Ricky Martin. Su presencia en las calles de San Juan tuvo un fuerte impacto simbólico, pues evidenció, quizá por primera vez, cómo una figura central de la cultura urbana global utilizaba abiertamente su influencia mediática para confrontar al poder político puertorriqueño.

Aquellas manifestaciones evidenciaron una transformación profunda en la cultura política de la Isla. La protesta dejó de expresarse únicamente a través de los lenguajes tradicionales del activismo político y encontró en la música urbana y el baile, las redes sociales y la cultura popular nuevos espacios de articulación colectiva. El reguetón, históricamente despreciado por sectores elitistas, se convirtió en la banda sonora de una movilización masiva contra la corrupción gubernamental y el distanciamiento de la clase política respecto a las demandas sociales del pueblo puertorriqueño.

La experiencia del huracán María en 2017 ocupa también un lugar central en la sensibilidad artística desarrollada por Bad Bunny. El desastre reveló de manera brutal las profundas desigualdades estructurales de Puerto Rico como Estado Libre Asociado de Estados Unidos y la fragilidad de su condición colonial.

Miles de personas padecieron las consecuencias del colapso del sistema eléctrico, la lenta respuesta de la ayuda federal y la precariedad de la infraestructura pública. Para amplios sectores de la población, María no fue únicamente un fenómeno meteorológico, sino una experiencia colectiva de abandono, vulnerabilidad e incertidumbre social. 

Ese trauma aparece de manera constante en la obra del artista. Las canciones y videoclips producidos después del huracán María revelan una sensibilidad atravesada por la pérdida, la nostalgia y el desgaste emocional de una generación obligada a sobrevivir entre apagones, desplazamientos de barrios enteros, migración hacia Estados Unidos y pobreza.

En sus letras, Puerto Rico deja de aparecer como el paraíso turístico promovido por la publicidad internacional y se presenta, como un territorio herido, convertido muchas veces en espacio de consumo y entretenimiento para los visitantes extranjeros, mientras sus habitantes enfrentan las consecuencias de la crisis social y colonial.     

Esta dimensión resulta particularmente visible en El Apagón, quizá una de las piezas más abiertamente políticas de su trayectoria. Lo que inicia como una canción se transforma rápidamente en una denuncia contra la crísis energética, la privatización de los servicios públicos, la gentrificación y el desplazamieto territorial de comunidades puertorriqueñas. Al ritmo de los tambores, domina un grito colectivo: “¡No me quiero ir de aquí, que se vayan ello!”. El videoclip-documental incorpora testimonios sobre especulación inmobiliaria, pérdida de vivendas y desigualdad social, convirtiéndo la música popular en un vehículo de memoria colectiva, crítica social y confrontación con las dinámicas conteporáneas del colonialismo.

            La sensibilidad política de Bad Bunny también se expresa en asuntos relacionados con la violencia de género y diversidad sexual. En 2020, el asesinato de Alexa Negrón Luciano conmocionó a Puerto Rico y evidenció los altos niveles de violencia transfóbica presentes en la isla. Alexa, una mujer trans, fue asesinada después de que circularan en redes sociales versiones falsas sobre su persona, en un contexto profundamente marcado por la discriminación y la exclusión sistemática hacia las personas transgénero. 

La reacción de Benito Martínez Ocasio fue inmediata y cargada de fuerza simbólica. Durante una presentación televisiva apareció con una camiseta que llevaba la frase: “Mataron a Alexa, no a un hombre con falda”, cuestionando de manera directa los discursos mediáticos y sociales que deshumanizan a las víctimas trans. Con gestos como este, Bad Bunny ha logrado algo que pocas figuras de la cultura global contemporánea consiguen: vincular el entretenimiento masivo con las heridas históricas y sociales de su comunidad. Su impacto no radica en ocultar las tensiones coloniales y culturales de Puerto Rico, sino en visibilizarlas mediante códigos accesibles para millones de personas. De este modo, el reguetón deja de ser únicamente música de consumo y se transforma en un archivo archivo emocional y político de toda una generación.

La resistencia a “pensar en inglés” no implica un rechazo absoluto al bilingüísmo ni a la influencia estadounidense. Puerto Rico ha vivido durante más de un siglo en una compleja convivencia lingüística y simbólica marcada por la condición colonial. Lo que verdaderamente está en juego en la propuesta artística de Bad Bunny al recuperar la bomba y la plena como formas para reinscribir la memoria afrocaribeña, es algo más profundo: la capacidad de los puertorriqueños para narrarse desde sus propios códigos culturales, sin borrar el acento, la memoria colectiva ni las experiencias históricas locales como condición para alcanzar reconocimiento internacional.

Este fenómeno adquiere una relevancia particular porque emerge desde el Caribe, una región que, desde el siglo XVI, fue representada por las potencias imperiales como un territorio exótico, periférico y dependiente. Hoy, artistas como Bad Bunny revierten parcialmente esa mirada: producen desde la isla, hablan desde la experiencia cotidiana de Puerto Rico y obligan al mercado global a escuchar en español, con ritmos afrocaribeños y sensibilidad antillana, las alegrías, frustraciones y contradicciones de una sociedad marcada por la colonialidad contemporánea.

La paradoja resulta reveladora. Durante décadas, numerosos sectores políticos y económicos sostuvieron que el futuro de Puerto Rico dependía de una mayor americanización cultural. Sin embargo, la fuerza de la propuesta desarrolla por Bad Bunny radica precisamente en lo contrario: haber traducido las tensiones históricas de la isla al lenguaje emocional de la cultura global contemporánea sin desprenderse de sus raíces caribeñas y afroantillanas. Su música demuestra que el arte popular puede convertirse en un espacio de memoria, denuncia y reconstrucción simbólica para una comunidad atravesada por profundas fracturas sociales e históricas.

En ello reside buena parte de su potencia simbólica. A pesar de la persistencia colonial, Puerto Rico continúa imaginándose desde su lengua, sus afectos y sus memorias compartidas. La experiencia cultural caribeña no siempre se articula mediante manifiestos ideológicos o discursos académicos; con frecuencia emerge desde un ritmo urbano, una frase coloquial o un coro repetido colectivamente. En las canciones, gestos públicos e intervenciones culturales de Bad Bunny aparece constantemente la afirmación de una identidad puertorriqueña y antillana que, pese a las múltiples rupturas históricas, sigue reclamando el derecho a nombrarse a sí misma desde su propios sonidos, símbolos y heridas.  

María Teresa Cortés Zavala, es doctora en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, España. Profesora investigadora en la Facultad de Historia de la UMSNH, Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel II y Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias / AMEC. maria.cortes@umich.mx


[1] El artículo forma parte de los resultados del proyecto financiado por la comunidad europea: Transatlantic Crossroads Lab (MSCA Staff Exchanges – GA 101235830), bajo la responsabilidad de la Dra. Consuelo Naranjo Orovio del Instituto de Historia del CSIC, España y del cual formo parte como miembro de la AMEC e investigadora de la UMSNH.