Morelia, Mich. | Mauro Díaz Baeza / Acueducto Noticias.- En la Fiesta del Libro y la Rosa Michoacán (instalada estos días sobre la calzada de San Diego) la idea suena posible… al menos al inicio. Entre puestos de libros, voces que se cruzan, curiosos que hojean y otros que siguen de largo con prisa, la hipótesis se puede poner a prueba.
Un joven se detiene en un stand de libros de enseñanza y pregunta por textos de matemáticas. Los revisa con atención, duda, vuelve a preguntar. ¿Será que le gustan? ¿O justo lo contrario? ¿Está intentando entenderlas o tratando de sobrevivirlas? El libro, como dijeron en el escenario, cambia con quien lo lee. Y quien lo lee, también cambia.
Más adelante, un grupo de jóvenes se detiene frente al stand de Cuarta República. Uno de ellos toma un libro donde aparece Tacámbaro, lo mira y le pide a un amigo que le tome una foto. Sonríe. No es tanto el contenido: es el nombre de su ciudad (o de algo cercano) ahí, impreso, convertido en algo que se puede señalar. Luego se quedan un rato más… y sí, se lo llevan.
Uno podría asumir que el joven es de Tacámbaro. Pero quién sabe. Tal vez sí. O tal vez no. Tal vez alguien más es de allá, la persona que le gusta, de alguien que le habló de ese lugar, de una historia que no es suya pero ya le importa.
Y entonces la idea empieza a tambalearse.
Porque tal vez no se puede conocer a alguien por el libro que elige. O al menos no tan fácil.
La calzada, estos días, deja de ser paso y se vuelve pausa. Hay más de 50 expositores y todo convive entre el orden y el desorden, el orden de los libros, perfectamente acomodados para llamar la atención, y el desorden de la diversidad: Libros infantiles llenos de color, librerías antiguas que arrastran décadas vendiendo libros viejos, cómics de terror titulados “Coca de Piña”, editoriales independientes, cerámica, rebozos, otras formas de hacer cultura que se cuelan entre los libros.
“Jánhaskakwa Xanharatiicha”, le llamaron a esta edición (Utopías nómadas para los de poco purépecha).
Y sí, algo de eso se alcanza a ver. Porque la utopía aquí no es un destino, es movimiento. Por eso es que no se puede conocer a una persona por el libro que lee, porque es algo que se carga, que se desplaza con las personas. Como los libros. Como las historias. Como las ideas que no se quedan quietas.
Mientras tanto en el escenario se mencionan varias cosas, como eso mismo, que la cultura está en movimiento. Que el conocimiento no puede quedarse en el papel. Que hay que salir a la calle. Pero también algo más: el derecho a imaginar.
Y ahí es donde todo se vuelve más complejo.
Porque imaginar no es tan sencillo como suena. No cuando el tiempo apenas alcanza. No cuando la vida cotidiana empuja más hacia sobrevivir que hacia detenerse. Imaginar (aunque no lo parezca) también es un privilegio.
Como los que pasaron desapercibidos por los laterales de la calzada y solo pensaron que era un evento más. Siguieron de largo. Ni se detuvieron a ver. Tal vez no había tiempo, tal vez no había interés, tal vez simplemente no alcanzó la curiosidad.
Por eso también pesa lo otro que se dijo. Que el conocimiento no puede quedarse en el papel.
Porque si se queda ahí, ¿de qué sirve?
Tantas investigaciones, tantos libros, tantas ideas… si no salen de los espacios donde se producen, si no llegan a la gente, si no se vuelven conversación, entonces se quedan incompletas. Como si fueran escritas para nadie.
Y aquí pasa algo distinto.
Los libros están afuera. En la calle. No en espacios cerrados ni en textos que solo circulan entre quienes ya están dentro. Aquí alguien puede pasar, detenerse, abrir uno sin saber qué va a encontrar.
El conocimiento, así, deja de ser lejano.
Se vuelve algo que se cruza contigo.
Miles de historias reunidas en un mismo lugar. Miles de posibilidades. No todas se van a leer. No todas se van a entender. Pero están ahí.
Y aun así, con todo eso, la pregunta sigue sin resolverse.
¿Se puede conocer a alguien por el libro que está leyendo?
Tal vez no.
Porque ese joven de matemáticas sigue siendo una incógnita. Porque el de Tacámbaro (o lo que sea que represente ese libro) tampoco se deja descifrar del todo. Quizá a esa señora solo le llamó la atención la ilustración de la portada… y el contenido la decepcione. Porque cada lectura es distinta, cada momento cambia el sentido. Tu libro favorito de la infancia no será el mismo cuando cumplas 80… o sí, pero ya no se leerá igual.
Pero hay algo más simple que sí se puede ver.
Que alguien decidió detenerse.
Y en un mundo donde (como dijeron) la utopía está en el horizonte y sirve para caminar, detenerse también es una forma de moverse. De imaginar. De abrir, aunque sea un poco, otra posibilidad.
Por el momento, y dejando alucinaciones de lado, la Fiesta del Libro y la Rosa seguirá ocupando la calzada hasta el domingo. Tal vez no alcance para cambiarlo todo, pero sí para dejar algo rondando: la posibilidad, aunque sea mínima, de imaginar distinto.
