Morelia, Mich. | Agencia ACG.- El uso cotidiano de pantallas en la vida de niñas y niños ya no es una excepción, sino parte del entorno cultural en el que crecen. Celulares, videojuegos y dispositivos digitales acompañan tareas escolares, momentos de entretenimiento e incluso la regulación de emociones. El problema, advierte la psicóloga Andrea Murguía Palmerín, surge cuando la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en el principal mediador de la experiencia infantil, desplazando el juego, la convivencia y la construcción del vínculo con otros.
Desde su experiencia clínica y académica, Murguía Palmerín —egresada y docente de la Universidad Vasco de Quiroga— explica que hoy no se puede hablar de una infancia desconectada de la tecnología, pero sí de la necesidad de reflexionar sobre cómo, cuándo y para qué se utiliza. En el ámbito psicológico y educativo, señala, se observa con mayor frecuencia a niñas y niños que interactúan más con una pantalla que con otras personas, lo que impacta directamente en su desarrollo social y emocional.
Uno de los conceptos que ayuda a entender este fenómeno es la tecnoferencia, término que describe la interferencia de la tecnología en la interacción humana. En la infancia, esta se manifiesta cuando el dispositivo interrumpe la atención, la comunicación y el contacto visual, elementos fundamentales para la construcción del vínculo afectivo. Murguía explica que la mirada es una de las primeras formas de conexión con el entorno y que su sustitución constante por estímulos digitales limita el aprendizaje emocional y social.
El uso prolongado de videojuegos y dispositivos no solo transforma la forma de relacionarse, sino también la manera de gestionar las emociones. La especialista señala que estos contenidos están diseñados para generar placer inmediato, activando sistemas de recompensa en el cerebro que fomentan la repetición. Esto puede provocar una baja tolerancia a la frustración, irritabilidad y dificultad para enfrentar situaciones cotidianas que no ofrecen gratificación instantánea.
En consulta, explica, es común observar que algunos niños recurren al dispositivo como vía de escape emocional: para evitar el aburrimiento, la tristeza o el enojo. Cuando la pantalla se convierte en el principal regulador emocional, se debilitan habilidades esenciales como el autocontrol, la comunicación de sentimientos y la resolución de conflictos. A ello se suma la reducción del movimiento físico y la alteración de los ciclos de sueño, factores que también influyen en el estado de ánimo y la atención.
Entre las señales de alerta que deben llamar la atención de madres, padres y docentes se encuentran el aislamiento progresivo, la resistencia intensa a dejar el dispositivo, los cambios bruscos de conducta y los retrasos en el lenguaje, especialmente en edades tempranas. Murguía aclara que no se trata de prohibir la tecnología ni de generar culpa en las familias, sino de observar qué lugar ocupa en la vida del niño y si está desplazando experiencias necesarias para su desarrollo integral.
La pandemia de Covid-19, añade la especialista, aceleró de manera significativa la relación de las infancias con las pantallas, al trasladar la educación, la atención psicológica y gran parte de la convivencia al ámbito digital. Desde espacios de educación básica y universitarios como la Universidad Vasco de Quiroga, donde participa en procesos de formación y docencia, explica que las clases en línea y las plataformas digitales permitieron dar continuidad a la vida académica, pero también incrementaron el tiempo de exposición a dispositivos en niñas y niños. El reto, señala, ha sido aprender a reequilibrar estas dinámicas una vez retomada la presencialidad, sin negar los avances tecnológicos pero recuperando el contacto humano.
En este contexto, la terapia psicológica aparece como una herramienta de acompañamiento y prevención, no únicamente como una respuesta ante problemas graves. Desde su trabajo clínico y formativo vinculado a la visión humanista de la UVAQ, la psicóloga subraya que acudir a terapia puede ayudar a establecer límites, fortalecer el vínculo familiar y ofrecer estrategias para una relación más sana con la tecnología. La intervención temprana, señala, permite evitar que las dificultades se profundicen y se normalicen dinámicas poco saludables.
Desde el ámbito universitario y profesional, explica, estos temas forman parte de una reflexión más amplia sobre los cambios sociales que atraviesan las infancias. Preparar a futuros psicólogos y educadores en instituciones como la UVAQ implica también entender cómo la tecnología redefine las formas de convivencia y cómo acompañar a las familias en este proceso sin estigmatizar ni minimizar el problema.
Murguía insiste en que el reto no está en eliminar las pantallas, sino en recuperar el equilibrio. Priorizar el juego compartido, la actividad física, la conversación y la presencia adulta son acciones clave para que la tecnología no sustituya aquello que ninguna aplicación puede ofrecer: la experiencia del vínculo humano.
En una sociedad cada vez más mediada por lo digital, el desafío es aprender a convivir con la tecnología sin perder lo esencial: la palabra, la mirada y el encuentro con el otro.