Morelia, Mich. | Agencia ACG.- No habla de fama ni de restaurantes de lujo, pero sí de algo más urgente: vivir de la cocina y sostener a su familia. David Silva García no romantiza su oficio; lo entiende como un proyecto de vida que apenas comienza, pero que ya tiene dirección. Su meta no está en lo aspiracional, sino en lo concreto: cocinar lo suficiente para mantenerse, crecer y, algún día, tener lo propio.
Entre sus ideas hay una constante: el sabor tiene que decir algo. No le interesa hacer lo mismo que todos. Lo suyo, insiste, está en encontrar identidad incluso en lo más simple, como esos tacos que menciona una y otra vez, los de canasta, los de huevo con chile guajillo que probó, transformó y llevó a su propio terreno cuando comenzó a emprender. Fue ahí, en ese primer intento, donde entendió que la cocina también podía ser camino y no solo una obligación.
Fue tras su participación en el Congreso de Cocina Michoacana de Isima cuando puso en palabras ese proceso, no como una historia terminada, sino como algo que sigue en marcha.
El sabor como punto de partida
David habla de los tacos como otros hablan de platos elaborados. Se detiene en los ingredientes, en las combinaciones, en lo que parece cotidiano pero no lo es. El chile guajillo, el huevo, el frijol, la papa; elementos que para muchos son básicos, pero que para él representan una oportunidad de hacer algo distinto sin perder la esencia.
Recuerda cómo al empezar intentó salirse de lo típico, de esos guisos que se repiten en los tacos de canasta, buscando que cada preparación tuviera algo propio. No lo plantea como una ruptura, sino como una inquietud constante por no quedarse en lo mismo, por hacer que el sabor realmente se note y no pase desapercibido.
De la necesidad al oficio
Pero ese punto no llegó de inmediato. Antes de hablar de identidad o de propuestas, estuvo lo básico: aprender porque no había de otra. David recuerda que de niño acompañaba a su madre a trabajar y que, en muchas ocasiones, le tocaba hacerse cargo de la comida, no como elección, sino como parte de la rutina diaria.
“A veces tenía que hacer la comida”, cuenta, y en esa frase se resume el inicio. También están los recuerdos de la casa de su abuela, los guisos, el mole, los platillos que no necesitaban receta porque se repetían hasta quedarse en la memoria.
Las indicaciones eran simples, a veces apenas sugeridas, pero suficientes para que poco a poco entendiera cómo moverse en la cocina.
Antes de asumir ese camino, hubo otras ideas. David dibujaba desde niño y durante un tiempo pensó en dedicarse al tatuaje, en hacer del trazo su forma de vida, pero ese intento no terminó de consolidarse y la cocina, que siempre había estado ahí, comenzó a tomar otro sentido.
“Conforme fui viendo la gastronomía, ahí descubrí mi pasión”, explica, como si ese proceso hubiera sido más acumulación que decisión.
Con el tiempo, ese interés se volvió práctica. Ha pasado por distintos espacios, desde cocinas más técnicas hasta fondas y puestos donde el ritmo obliga a aprender rápido, trabajando con comida japonesa, antojitos y tacos de canasta, entendiendo que cada lugar deja algo, pero sin perder de vista ese origen que lo formó y que lo continua construyendo en su sueño de ser chef.
