El Morado: el halconeo del narco
Una comunidad que divisa la vigía de la cotidianidad silenciosa
Apatzingán, Michoacán.- La guerra rara vez llega haciendo ruido. A veces entra de puntillas, se instala entre los habitantes de algún lugar quienes, a fuerza de la cotidianidad, aprenden a respirarla como parte del paisaje, y esta es la situación que priva en las localidades de El Morado, El Guayabo y El Alcalde.
En El Morado, una pequeña comunidad de Apatzingán convertida en refugio para familias desplazadas, la violencia dejó de ser una noticia para convertirse en la forma cotidiana de mirar el horizonte.
El camino conduce entre huertas verdes que todavía conservan el aroma fresco del limón, y aunque desde lejos, el paisaje parece intacto, las ramas siguen cargadas del cítrico y el viento continúa moviendo las hojas como si nada hubiera ocurrido.
Pero basta permanecer unos minutos para descubrir que bajo esa apariencia de normalidad se esconde otra realidad, una donde cada vehículo desconocido despierta sospechas y cada paso sobre la tierra obliga a mirar antes dónde se pisa.
El recorrido comenzó acompañado por el encargado del orden de la comunidad, quien nos acompañó a la búsqueda de testimonios de las familias que llegaron huyendo de Cueramato y Cueramatillo, cargando apenas algunas bolsas de ropa y el recuerdo de las casas que dejaron atrás.
Entonces apareció el primer recordatorio de que la guerra también sabe esconderse. Entre el pasto, casi confundido con la tierra, sobresalía un cable negro. Era apenas un fragmento, suficiente para detener la caminata y hacer que todos fijaran la vista en el mismo punto.
Todo apuntaba a que podía tratarse de una mina artesanal; una de las trampas que desde hace meses transformaron los caminos rurales en territorios donde la tierra dejó de ser confiable.
Más tarde, militares albergados la escuela de la localidad de El Guayabo, mostrarían fotografías de estos artefactos colocados en otros puntos de la región, y entonces la sospecha dejo de serlo y se convirtió en certeza.
Romper el silencio
A unos metros, bajo la sombra de los árboles de limón, varias personas seguían trabajando, y no, no era una muestra de valentía ni un desafío al peligro, era la consecuencia de haber perdido la casa, la parcela y el patrimonio construido durante años, porque cuando ya no queda nada, incluso el miedo debe aprender a convivir con la necesidad.
Aquí nadie levanta demasiado la voz, porque todos aprendieron que incluso el silencio puede delatar, sin embargo, una de las desplazadas rompió el silencio con una voz cansada, como quien ha repetido demasiadas veces la misma historia.
Su relato no tiene dramatismos, pero basta escuchar unas cuantas palabras para entender la dimensión de lo que ocurre.
«Estamos espantados por todo lo que está pasando, por los dronazos, por las minas, las balaceras y el gobierno no hace nada; ni siquiera se ha metido a revisar cómo estamos en la comunidad», comentó.
Ninguno acepta mostrar el rostro. Las entrevistas ocurren de espaldas o con la mirada perdida entre los árboles, porque en estas comunidades el miedo también aprendió a reconocer las cámaras y a desconfiar de cualquier nombre que pueda quedar registrado.
Los números ayudan a dimensionar el éxodo, pero no alcanzan a describirlo, ya que, según los propios habitantes, 187 personas de Cueramato y 46 de Cueramatillo abandonaron sus comunidades.
Algunos encontraron refugio en El Morado, otros se dispersaron entre El Pino, Holanda, El Mezquital o la cabecera municipal de Apatzingán, llevando consigo una vida que ya no cabía en una camioneta.
Irse tampoco significó escapar, pues muchos regresan únicamente unas horas para alimentar a los animales, revisar las parcelas o comprobar que sus casas continúan en pie.
Permanecen lo indispensable y después vuelven a marcharse, porque quedarse demasiado tiempo puede costarles la vida.
«Vamos nada más a darle vuelta a los animalitos que hay, pero hay que regresar para atrás. Allá nosotros no podemos salir a las parcelas a cortar limón», comenta.
Las minas enterraron mucho más que explosivos; sepultaron la rutina de generaciones enteras que aprendieron a medir el tiempo por las cosechas y no por los enfrentamientos: Donde antes había jornales, hoy hay caminos prohibidos y parcelas que nadie se atreve a recorrer.
Otro desplazado lo resume sin levantar la voz. Habla mirando el suelo, como si entre esa tierra todavía permaneciera una parte de la vida que tuvo que abandonar.
«Sacan a uno de su casa, deja uno sus parcelitas, sus vacas, sus animales. Casi toda la mayoría del rancho salió. Hay pocas personas, porque no puede trabajar uno ahí, por las minas y por todo lo que ponen», narra.
Hace una pausa antes de continuar, y después pronuncia una frase que resume el peso invisible del desplazamiento y la incertidumbre que acompaña cada noche lejos de casa: «Aquí andas batallándole hasta para dormir», dice.
En El Morado nadie preguntó de qué lado venían quienes llegaron huyendo, simplemente abrieron espacio: Casas prestadas, aulas escolares y pequeños cuartos improvisados se convirtieron en refugio para familias que abandonaron todo excepto la esperanza de mantenerse con vida.
«Aquí nos dieron posada, nos brindaron varios lugares para vivir y nos han estado ayudando con despensas», detalla, pero ni siquiera la solidaridad alcanza para borrar la sensación de que alguien observa.
La clínica del IMSS que también enfermó
A unos cuantos metros del acceso a El Morado se levanta la clínica del IMSS-Bienestar. El edificio permanece de pie, pero parece resistirse apenas por costumbre.
Las paredes deterioradas y el abandono que la envuelve transmiten la sensación de que el tiempo dejó de avanzar hace años. No hay filas de pacientes ni el ir y venir de médicos y enfermeras, hay una habitación vacía y la certeza del olvido de las autoridades gubernamentales.
Para quienes permanecen en estas comunidades, enfermarse significa recorrer kilómetros hasta encontrar atención o esperar que alguien pueda llevar un medicamento entre retenes, minas y caminos vigilados.
Cada grieta del inmueble parece contar una historia distinta. No son únicamente las huellas del abandono administrativo, son también las cicatrices de una región donde la guerra terminó ocupando espacios que deberían pertenecer a la vida cotidiana.
El agua que espera a quienes ya no están
Sobre una pequeña elevación permanece el depósito de agua que abastece a la comunidad. A la distancia parece firme, pero basta acercarse para descubrir las grietas que recorren su estructura y las filtraciones que escurren lentamente por el acero envejecido.
Las bases que sostienen el enorme tanque muestran daños visibles: se han desprendido en distintos puntos, como si el propio esqueleto del depósito quisiera advertir que también él ha empezado a ceder ante esta guerra no declarada y el abandono de la autoridad.
El agua se escapa en pequeñas corrientes constantes que humedecen el terreno bajo la estructura. No es una fuga escandalosa, es una pérdida silenciosa, persistente, como tantas otras cosas que el pueblo ha visto irse sin poder detenerlas.
Mientras alrededor se habla de minas, desplazamientos y hombres armados, el depósito permanece inclinado sobre el paisaje como otra amenaza suspendida.
Si el crimen organizado convirtió los caminos en territorio prohibido, el abandono hizo del agua una preocupación cotidiana.
En El Morado, hasta la infraestructura parece haber aprendido a deteriorarse al mismo ritmo que la esperanza.
Vigilancia en silencio
Aunque El Morado estaba considerada como una de las localidades más tranquilas para los desplazados y la población en general, comenzaron a aparecer camionetas con civiles armados.
Primero fueron dos hombres vestidos con ropa táctica, luciendo sus armas en señal de advertencia. Entraban a la tienda con cualquier pretexto: comprar un refresco o unas tortillas y permanecían el tiempo suficiente para mirar a periodistas, y activistas que venían a entregar ayuda humanitaria.
Minutos más tarde regresaban, como si quisieran recordarles a todos que cada movimiento tenía un testigo.
Más tarde, este reportero dedujo la escena con una frase que explica mejor que cualquier informe de seguridad lo que ocurre en estas comunidades: «Les dieron el pitazo de que andaba gente que no era de la comunidad y fueron a checarnos».
Después otra camioneta redujo la velocidad frente al grupo, paso un par de ocasiones para mantener la vigilancia hacía los desconocidos que estábamos ahí, y, minutos más tarde, llegaron dos motociclistas que recorrieron lentamente la calle.
La vigilancia no terminó durante toda la estancia, y aunque ninguno pronunció una amenaza, en lugares como éste el mensaje no necesita palabras: «Esos sí eran halcones, nos estaban vigilando, checándonos», deduce el equipo de la gira de trabajo.
Los desplazados no pidieron dinero ni promesas, lo único que anhelan es regresar algún día a una casa donde el único ruido vuelva a ser el viento golpeando las ramas del limón y donde el silencio deje, por fin, de pertenecerle a la guerra.
