Atribuido a una donación real y esculpido en pasta de maíz: analizamos el valor estético y milagroso del Señor de la Sacristía de la antigua Valladolid.
Presencia secular en la Catedral de Valladolid-Morelia
Pero al sentir a Cristo tan liviano,
le pregunté dónde dejó los huesos
y descargó la carga del pecado.
Como al campo, me dijo, me han clavado
con cañas y con flores y con besos.
Y así no pesa el Cristo mexicano.
Joaquín Antonio Peñalosa
Como cada día 1ro. de julio el Señor de la Sacristía será colocado delante del ciprés central de la Catedral moreliana. Ese día deja su lugar en el que ha permanecido durante más de dos siglos, para exhibirse al centro del templo catedralicio consagrado desde su erección a la Transfiguración de Cristo. Allí se le podrá venerar, pero también los amantes del arte podrán ver con mayor detalle la belleza que caracteriza a la referida escultura.
En el año de 1744 la catedral de Valladolid de Michoacán, ciudad que cambio más tarde su nombre por el de Morelia, quedó concluida en su obra arquitectónica que había iniciado en 1660. A partir de ese momento hasta cerrar el siglo de las luces, el clero local se dio a la tarea de engalanar el interior del templo, dotándole de retablos, pinturas, órgano y una gran cantidad de muebles y objetos de plata entre los que destacan la pila bautismal y el manifestador que se conservan a la fecha.
Será a fines del siglo XVIII que hace su aparición en el retablo principal de la nave oriente, una imagen de Cristo crucificado de tamaño natural, al que se le conoce a la fecha como Señor de la Sacristía. Su nombre hace pensar a cronistas e historiadores que el origen de su veneración pudo haber comenzado en la sacristía de la primitiva catedral que tuvo su sede en Pátzcuaro o bien ya cuando se trasladó la sede episcopal a Valladolid en 1580.
No son pocos los que han fijado su atención en esta imagen de Cristo: el canónigo José Guadalupe Romero lo hizo en el siglo XIX, posteriormente, el medico nicolaita Julián Bonavit, los presbíteros Luis Enrique Orozco y Andrés Estrada Jasso.
El sentir común señala desde muy antiguo que la imagen fue donada por el rey Carlos V; otros refieren que la donación se debió a su heredero Felipe II. En lo que no hay confusión es en cuanto a que se trata de una pieza realizada en la técnica indígena tarasca a la que se le ha denominado Pasta de caña de maíz. No es momento para detenerme a detallar sobre las variantes que hay en la hechura de este tipo de imaginería que maravilló a cronistas y conquistadores españoles que no dudaron en encargar a los artistas y talleres michoacanos, una gran cantidad de piezas que al ser utilizadas en la evangelización cobraron relevancia y han dado lustre a templos y santuarios como el de Nuestra Señora de la Salud en Pátzcuaro, el de Zapopan, Talpa y san Juan de los Lagos en Jalisco.
A estos cristos del modelo del Señor de la Sacristía, el padre Estrada Jasso les denominó de estilo renacentista. En virtud de que su anatomía es proporcionada y con apego al diseño corporal de la época. Algunos cronistas de tiempos virreinales les mencionan como imágenes de cartón. Pero no se trata de simple cartonería, sino que el cuerpo se modelaba en algún material sólido, llámese barro, y se cubría con papel elaborado con pulpa de cañizo de maíz y aglutinante, lo que daba como resultado una pieza hueca; luego de que el barro se extraía por un orificio, se le detallaba en su exterior con esa misma pasta de caña y pigmentos de colores vegetales.
Sobre la técnica antes señalada, hace poco más de 20 años el restaurador e historiador de arte Pablo F. Amador Marrero, hizo uno de los principales aportes sobre el tema, luego de restaurar una pieza de las mismas características que nuestro Señor de la Sacristía, que se venera en el Santuario de Telde en las Islas canarias en territorio español. El maestro Amador llevó a cabo una investigación profunda que dio como resultado el libro: Traza española, ropaje indiano. El Cristo de Telde y la imaginería en caña de Maíz (Ayuntamiento de Telde, 2001).
Esta técnica en algunas de sus variantes, tuvo un renacimiento a fines del siglo pasado en Pátzcuaro y Tzintzuntzan, donde podemos destacar el trabajo de los maestros Mario Agustín Gaspar, Roberto G. Cruz Floriano y Juan Carlos Guzmán, nieto de un renombrado imaginero, que fue el maestro Baldomero Guzmán.
Volviendo a la escultura que provoca estas líneas, el canónigo Orozco, en el primero de los dos voluminosos tomos que constituyen su obra: Los cristos de caña de maíz y otras venerables imágenes… (Guadalajara, 1970), nos remite a Romero: “En el altar que está al frente de la nave del lado del Evangelio se venera una devota imagen de Jesucristo Crucificado de estatura natural de un hombre, a quien tributa la ciudad un culto tiernísimo, bajo la advocación del Señor de la Sacristía.”
Por su parte Orozco amplía la descripción de la pieza: “Representa a Jesús muerto en la cruz con su cabeza inclinada hacia el lado derecho y en su figura anatómica con los brazos delgados, de coloración trigacea y sin que le falte sobre su cabeza una rica corona de espinas de plata dorada, con las tres tradicionales ráfagas o potencias. Tiene fama popular de milagroso como lo indica el sinnúmero de candelas que constantemente arden ante su sagrada imagen…”
Esta presencia cristológica a que se refieren los escritores, quedó manifiesta en la Devota novena en honor del Venerable Señor de la Sacristía (1850), de la pluma del presbítero José Cayetano Moreno, devocionario que ha visto múltiples reimpresiones salidas de Fimax Publicistas en Morelia.
De las abundantes imágenes en caña de maíz que aún se veneran en templos michoacanos y que se exhiben en museos, el fotógrafo Miguel Méndez y el historiador Eugenio Calderón, han registrado con la lente, todas aquellas que se encuentran en las poblaciones ribereñas de las cuencas de Pátzcuaro y Cuitzeo. Quedando por último una invitación para que Tú lector te acerques a conocerles y admirarles en su belleza escultórica.
Ramón Sánchez Reyna
Ramón Sánchez Reyna. Historiador formado en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de algunos textos sobre historia y arte. En el año 2010 editó el suplemento Voces del Bicentenario en este mismo diario.