Todo fue un sueño. O quizás, una lúcida pesadilla premonitoria sobre la industria que habitamos, un reflejo distorsionado de lo que consumimos y nos consume.

Alejandro Sosa

Suena la alarma. 6:00 a.m. La oscuridad sigue ahí, densa, pegajosa. Abro los ojos, pero la penumbra no cede; parece absorber la luz, como un lienzo negro que lo envuelve todo. Me levanto por inercia, y me preparo para la caminata matutina con mi perro. Salimos a la pequeña reserva ecológica, un oasis de verdor que, en esta oscuridad persistente, parece más una boca abierta de la naturaleza. De pronto, el animal se suelta, su silueta se difumina en la penumbra, persiguiendo algo invisible. Grito su nombre, corro tras él, mis pasos resonando en un eco, entonces, el bosque se transforma. Los árboles, antes frondosos y vivos, se retuercen en siluetas espectrales, sus ramas se estiran como garras esqueléticas. No son ya árboles, sino entidades oscuras, sus cortezas rugosas se abren para revelar ojos incandescentes que me observan desde cada tronco. Figuras medio humanas, medio monstruosas, se asoman entre el velo de la niebla que ahora lo envuelve todo. Sonidos guturales, susurros que se elevan en un crescendo terrorífico, un coro de voces descarnadas que repiten mi nombre, una y otra vez, con una intensidad demencial. El aire se vuelve denso con el miedo. Mi perro regresa, pero al acercarse, la forma familiar se disuelve. Su rostro se distorsiona en una mueca grotesca, sus ojos brillan con una furia inhumana. Una bestia. Corro, mi grito se ahoga en el terror. Siento un tirón violento, el desgarro. Despierto.

Todo fue un sueño. O quizás, una lúcida pesadilla premonitoria sobre la industria que habitamos, un reflejo distorsionado de lo que consumimos y nos consume.

Extiendo la mano hacia el celular, ese apéndice tecnológico que es lo primero que consultamos al abrir los ojos. Un mensaje nocturno me lleva a Instagram. Se despliega una historia: el formato vertical. Una mujer rica conoce a un hombre en un avión; el destino, siempre tan cinematográfico y predecible, los reencuentra. No es la trama lo que me inquieta, sino el soporte. Estamos ante la consolidación del audiovisual vertical, un fenómeno que distribuidores y productores persiguen hoy con la desesperación del buscador de oro. Resulta fascinante y aterrador observar cómo estas micro-historias, diseñadas para el consumo rápido, respetan rigurosamente las estructuras que teóricos como Vladimir Propp identificaron en los cuentos rusos. Aquellas 31 funciones narrativas (desde el alejamiento hasta la boda) están comprimidas en clips de sesenta segundos. Christian Metz lo identificaría como un sistema semiológico cerrado que, a pesar de su brevedad, cumple con la estructura aristotélica más pura: inicio, desarrollo y desenlace. El "cine vertical" no es una degradación de la narrativa, sino su destilación más elemental y, por ende, más adictiva.

El consumo de contenido vertical ha explotado. Según un informe de Statista, el 79% de los usuarios de internet consume video en formato vertical semanalmente, con un 58% haciéndolo diariamente. Esta cifra se dispara aún más en la demografía de 18 a 34 años, superando el 90% en algunas plataformas como TikTok. Este auge no es casualidad; responde a la ubicuidad de los smartphones y a un cambio fundamental en los hábitos de consumo. Los contenidos verticales, desde los reels de Instagram hasta las historias de Snapchat o YouTube Shorts, están optimizados para la experiencia móvil, eliminando la necesidad de girar el dispositivo y manteniendo la inmersión visual. La producción de este "cine vertical" es notablemente más ágil y económica. Un corto vertical de alta calidad puede producirse en as o semanas, a diferencia de los meses o años de una producción cinematográfica tradicional. Los costos varían enormemente, pero un video vertical profesional puede oscilar entre los 500 y 5,000 USD por minuto, mientras que un largometraje de bajo presupuesto puede superar fácilmente el millón de dólares. El esquema de negocio es un ecosistema complejo: monetización a través de publicidad, patrocinios de marca, acuerdos con influencers y, en algunos casos, la venta de derechos para su inclusión en colecciones de contenido. Empresas como Snapchat Originals y Quibi (antes de su cierre, que también es un caso de estudio sobre las complejidades del formato) invirtieron millones en la producción de series verticales, buscando capitalizar esta tendencia.

Recientemente, en un encuentro de distribución cinematográfica, el aire se sentía pesado. El consenso entre especialistas fue brutal: una película mexicana tiene, hoy por hoy, una ventana de vida real de dos años. Si en ese lapso no logra asegurar distribuidora, ventas internacionales o un recorrido sólido en festivales, su destino es el olvido. Es una sentencia de muerte para el esfuerzo de cientos de personas. En este contexto, un caso de éxito como "Roma" (2018), que obtuvo 10 nominaciones al Oscar y un León de Oro en Venecia, es una anomalía, no la norma, y su distribución global se cimentó en gran parte gracias a Netflix.

La realidad estadística es demoledora. Según datos del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), en los últimos cinco años, se estima que menos del 10% de las producciones nacionales logran recuperar su inversión inicial a través de la exhibición comercial en salas de cine. La vasta mayoría, un preocupante 90%, se queda en el olvido o con pérdidas significativas. En el ámbito de las series, la situación no es distinta: estudios de mercado indican que, si un contenido no entra en el "Top 10" de las plataformas en sus primeras dos semanas, su presupuesto se contabiliza como pérdida operativa y la serie es enterrada por el algoritmo, con menos del 20% de las series alcanzando el punto de equilibrio o generando ganancias sustanciales. Nos enfrentamos a la "Netflixización" del gusto. Las grandes cadenas y plataformas uniforman los esquemas de producción. La oferta se vuelve un espejo de lo básico: el pobre que se hace rico, el héroe que vence al acosador, el romance idílico con el CEO de la empresa. Son historias digeribles, con valores de producción impecables y un ritmo ágil, pero que carecen de la aspereza de lo real, de la complejidad de la condición humana que el cine de autor históricamente ha explorado.

Lo que vemos, lo que consumimos y lo que somos

Mientras el mundo se desvive por el siguiente reel viral, figuras monumentales como Béla Tarr o David Lynch parecen quedar como faros distantes en un océano de contenido efímero. Los grandes maestros producen una obra cada cuatro o cinco años, si es que el financiamiento lo permite, mientras que el algoritmo exige una novedad cada tres segundos.

Esta es la tensión entre el arte y el consumo masivo. Casos de éxito en el cine vertical, como la serie "Vertical Cinema" del Festival de Cine de Rotterdam o producciones independientes que han acumulado millones de vistas en TikTok con narrativas experimentales, demuestran que el formato tiene un potencial creativo innegable. Sin embargo, la presión por la viralidad y la gratificación instantánea a menudo diluye la profundidad. Todo esto sucede, además, sin siquiera entrar en el terreno de la IA generativa, un gigante que ya está presente y que redefinirá la autoría misma, pero ese es un tema que dejaremos para otro artículo.

Finalmente, mi intención con esta entrega es reflexionar que el cine y el audiovisual no son burbujas aisladas; son parte del tejido humano. No podemos esperar que el cine permanezca "limpio" o "puro" frente a una sociedad con guerra, muerte y desigualdad. Somos seres integrales. Lo que vemos es un reflejo de lo que somos, y lo que consumimos es el alimento de nuestra psique colectiva. La influencia social es bidireccional: el cine no solo retrata la violencia del mundo, sino que el mundo se moldea a través de las imágenes que acepta como válidas. No es solo una cuestión de "gusto cinematográfico", es la respuesta a los estímulos de un planeta en crisis. Las películas de la Nueva Ola Francesa respondieron a la posguerra, el Neorrealismo Italiano a la miseria. Hoy, el cine vertical responde a la descomposición social, urgencia digital y a la fragmentación de la atención.

Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

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