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Luis Santoveña: el hombre que no quería ser papá y…

Morelia, Michoacán | ACG.- Luis Santoveña Andrade no pensaba en la paternidad como destino. Su vida, desde joven, parecía ir por otro camino: el trabajo, los viajes, los motores, las máquinas, los contratos y la necesidad de abrirse paso por cuenta propia. Ingeniero mecánico y autodidacta en muchos oficios, se acostumbró a resolver problemas con herramientas y disciplina. Lo que no imaginaba era que la prueba más exigente de su vida llegaría lejos de las empresas y los talleres: criar solo a tres hijos pequeños.

A los 73 años, recuerda que salió de casa siendo joven y que desde entonces aprendió a valerse por sí mismo. Estudió, trabajó, viajó por motivos laborales y participó en proyectos vinculados con motores, transmisiones y servicios técnicos. Más tarde fue contratista de Pemex y, después de varios cambios, decidió establecerse en Morelia.

En esta ciudad nacieron y crecieron sus hijos: Luis, Iván y Bayron. La paternidad, admite, no fue algo que hubiera buscado. Incluso después de formar una familia, seguía pensando que tener hijos no estaba en sus planes. Sin embargo, cuando la vida lo colocó frente a esa responsabilidad, hubo algo que pesó más que cualquier duda: no quería que ellos crecieran con las carencias que él había vivido.

“No me cambió. Y la verdad nunca me cambió. Pero nunca quise que pasaran lo que yo pasé”, recuerda.

La separación con la madre de sus hijos marcó el inicio de una etapa decisiva. Para entonces, los niños tenían aproximadamente ocho, siete y cuatro años. Luis tuvo que comenzar de nuevo, no solo en lo económico, sino en la forma de organizar cada día. La casa, el trabajo, la escuela, la comida, la ropa y la convivencia quedaron unidos en una misma rutina.

No había margen para fallar demasiado. Tenía que llevarlos a la escuela, recogerlos, trabajar mientras ellos estaban en clases, preparar comida, revisar tareas, lavar ropa y mantener el orden en casa. La crianza dejó de ser una parte de su vida para convertirse en el eje de todo lo demás.

La solución que encontró fue práctica y, con los años, terminó por explicar buena parte de su historia: adaptó el espacio donde tenía su taller para vivir ahí con sus hijos. En el mismo lugar donde trabajaba, también los cuidaba. Mientras ellos estaban en la escuela, atendía clientes y buscaba ingresos; cuando volvían, él estaba cerca.

“Ahí vivíamos, ahí trabajábamos, porque era la única manera de yo poderlos cuidar”, cuenta.

Esa decisión le permitió sostener una vida que exigía presencia constante. No podía alejarse del trabajo, pero tampoco podía alejarse de sus hijos. Por eso hizo coincidir ambas cosas en un mismo espacio. El taller fue también casa, refugio, comedor, lugar de juegos y punto de reunión.

Los fines de semana tenían otra regla. Luis decidió no trabajar sábados ni domingos porque esos días no había escuela y podían estar juntos. Entre semana quedaban las tareas, los pendientes y la disciplina; el sábado y el domingo eran para convivir, salir a pescar, ir a pasear o simplemente compartir el tiempo que la rutina diaria no siempre permitía.

“Sábados y domingos eran completamente para ellos”, recuerda.

Criar solo a tres niños también implicó enseñarles a no depender de otros para resolver la vida cotidiana. Luis les enseñó a lavar su ropa, preparar comida, limpiar la casa y arreglar lo que se pudiera arreglar. Si algo se descomponía, había que intentarlo antes de rendirse; si algo faltaba, había que buscar cómo salir adelante.

“Siempre se puede comenzar aunque estés hasta abajo. El chiste es tener la intención de hacer las cosas”, afirma.

Esa idea se volvió una especie de enseñanza familiar. En su casa, la autosuficiencia no fue discurso, sino práctica diaria. Aprender a cocinar, reparar, trabajar, equivocarse y volver a intentarlo formó parte de la educación de sus hijos tanto como la escuela.

Con el tiempo, la situación mejoró. Luis pudo darles estudios, actividades y momentos de convivencia que hoy conserva en fotografías familiares. En esos álbumes aparecen paseos, playas, caballos, reuniones y escenas que no solo muestran el paso de los años, sino la vida que logró construir en medio de la dificultad.

Aunque no acostumbra celebrar el Día del Padre ni su cumpleaños, Luis no habla de su historia como una carga. Tampoco la presenta como sacrificio. Para él, ser padre fue asumir lo que tocaba hacer cada día: trabajar, cuidar, enseñar, corregir y permanecer.

“La verdad, yo no me quejo de haber sido papá como fui”, dice.

Hoy se dice orgulloso de sus tres hijos. No porque todo haya sido sencillo, sino porque lograron salir adelante y encontrar su propio camino. Para Luis Santoveña Andrade, la paternidad no fue una celebración de calendario, sino una responsabilidad que se sostuvo en actos cotidianos.

Su historia es la de un hombre que no buscaba ser padre, pero terminó haciendo de sus hijos el centro de su vida; alguien que tuvo que empezar desde abajo, juntar casa y trabajo en un mismo lugar y demostrar, con los años, que cuidar también puede ser una forma silenciosa de construir futuro.

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