No se bañaba con frecuencia y vestía como vagabundo; sin embargo no faltaba a ninguna reunión
Saúl Juárez, colaborador La Voz de Michoacán
No se bañaba con frecuencia y vestía como vagabundo; sin embargo no faltaba a ninguna reunión. Lo cierto es toleraba sin ofensa los desaires y casi no hablaba.
Cuando desapareció de la ciudad sentimos que faltaba alguien. Todo acontecimiento resultaba incompleto sin él, no obstante que solía pasarla en cualquier rincón, quizá triste, tal vez indiferente. Supongo que su ausencia y el tiempo provocaron que escasearan los asistentes a la peña en aquel convulsionado inicio del siglo XX.
Después de los años más convulsos, el individuo volvió a aparecer por el barrio histórico. Entonces nos animamos a organizar una tertulia donde se escuchó a una pianista francesa. Él vestía idénticos harapos y mantenía su misma actitud distante. Pero al acabar el acto, sin mediar palabra, se acercó para entregarme su un manuscrito. Lo hizo con algo parecido al miedo en el rostro. «Yo soy este». Su mirada hablaba, sentí como si me diera el abrazo al que todos se habrían negado. Salió del salón y arrastró sus pasos por la penumbra callejera. Volvió a desaparecer. Ambos sabíamos que quedábamos ligados para siempre.
Sus poemas refieren la historia de una generación y la soledad de un autor que sabe escribir, observar y tratar de ocultarse entre los versos. Por ello edité el libro y hoy, algunos lustros después, lo conservo entre lo más preciado. Me siento tan ligado al poeta como si fuera uno de mis entrañables amigos. Está presente en la mayoría de mis recuerdos después de que el médico muestra un gesto sin esperanza. En los momentos de mayor quebranto tomo el libro y leo: «Vivimos sin la ternura de las flores/ morimos sin saber a dónde conduce la vereda».