Los narcocorridos no son el problema.
Emiliano Medina colaborador de La Voz de Michoacán
Tras el reciente abatimiento de “El Mencho”, se ha reavivado la polémica sobre si escuchar narcocorridos constituye una forma de apología de la narco cultura. De ello se desprenden preguntas inevitables. ¿Deben prohibirse? ¿regularse? ¿debe el Estado intervenir en lo que escucha la ciudadanía? En este texto, sostengo que los narcocorridos no deben ser prohibidos, censurados ni regulados. Aun así, constituyen un foco rojo del panorama social que atraviesan muchas juventudes.
Hay que decir las cosas con claridad. Los narcocorridos no solo representan aspiracionismo material. Si bien muchas de las canciones del género hacen referencia a las drogas, el dinero, las armas, los coches y las mujeres, el poder siempre aparece a modo de subtrama. Ese poder es particularmente seductor cuando se contrasta con algunas cifras. En 2023, se detectaron 50 mil 655 casos de violencia familiar (El Economista). Si estas son las cifras reportadas ¿cuántos casos permanecen sin reportarse?
Es ahí donde los narcocorridos resuenan con más fuerza. En un entorno familiar donde un niño es violentado, ¿no es el poder su principal forma de escape? ¿de defensa? Bajo esta lógica, unirse a un grupo, tomar un arma y hacer justicia por cuenta propia cobra mucho más sentido.
Contrastemos el fenómeno con canciones de la cultura estadounidense. “Pumped Up Kicks” es una canción de la banda alternativa Foster the People que ha trascendido por convertirse en una especie de himno sobre los tiroteos escolares. La letra describe un mass shooting. Habla sobre los golpes que un padre le propina a su hijo, tras los cuales este, a modo de venganza, decide utilizar el arma de su padre y acabar con sus compañeros de escuela quienes se burlan de él.
Aunque en México vemos el fenómeno de los tiroteos escolares como uno muy lejano, la música es muy reveladora. En ambos casos, la principal demanda del niño es justicia, misma que pudo haberse satisfecho si la víctima hubiera recibido seguridad en un primer momento. Lo subsecuente es una tragedia: unirse a un grupo criminal para satisfacer esa necesidad de seguridad o hacer justicia por propia mano. Un desenlace francamente devastador.
Los narcocorridos pueden ser alevosos al crimen organizado. Pueden enaltecerlo, ofrecer promesas vacías de superación, una vida de lujos. Sin embargo, la magnitud del mensaje siempre dependerá del receptor. Su efecto se amplifica cuando llega a personas vulnerables y violentadas, no cuando llega a los oídos de jóvenes privilegiados que buscan llamar la atención. Resulta mucho más preocupante que se toquen en los pueblos más marginados a que suenen en un antro.
Lo concerniente de este tipo de música no es que nos oriente a pensar que vivimos en una sociedad donde lo más valorado es el dinero, las armas y el poder. Lo realmente preocupante es que obviamos que estos hacen referencia a una escapatoria de una realidad deprimente, donde muchas veces, lo más sensato es unirse a un grupo criminal y tomar un arma para defenderse. Son el puro reflejo de un vacío institucional donde la seguridad se imparte por cuenta propia.
Entonces, prohibirlos no solucionará ni disminuirá el problema. Una actitud moralista no impedirá que una víctima se vea reflejada con esta música. Censurarlos sólo incentiva el morbo e incluso puede generar una mayor alevosía hacia criminales que se disfrazan de justicieros sociales. La batalla es del Estado contra sus propias carencias en seguridad.
Los narcocorridos no son el problema.