Mirador Ambiental
La velocidad con la que estamos perdiendo los bosques en Michoacán es preocupante. En un cálculo superficial e insuficiente, cada año tenemos un acumulado deficitario de al menos 10 mil hectáreas.
El problema es de consecuencias preocupantes porque perder bosque no solo supone perder árboles, sin más, sino la pérdida de ecosistemas y pérdida de aguas. Es cómo ir perdiendo año con año una parte del cuerpo. Partes que sumadas podrían representar la tercera parte de todo un cuerpo.
Se ha creído que con la reforestación se están recuperando paulatinamente los bosques perdidos, y que lo que en un año se pierde por incendios, deforestación y cambio de uso de suelo, con solo plantar árboles caminamos hacia la recuperación y al restablecimiento del equilibrio. Eso no es tan cierto.
De acuerdo con un estudio de la Universidad Autónoma de Chapingo de principios de esta década, según las condiciones imperantes hace más de 5 años, de cada 10 árboles plantados sólo sobrevivía 1. Académicos que han estudiado las perspectivas de la reforestación indican que el avance del Cambio Climático, que supone el incremento de la temperatura y por ello de las plagas, en la actualidad la sobrevivencia es aún más crítica y ahora de cada 25 sólo sobrevive 1.
El propósito de la reforestación para Michoacán en 2026, es plantar alrededor de 13 millones de árboles. Ojalá que los viveros del estado tengan esa cantidad y el propósito se cumpla. El cálculo de reforestación sería el siguiente: si en cada hectárea se plantan 1,100 árboles, como la regla básica lo indica, tendremos una “recuperación” ideal de 11.8 mil hectáreas.
Pero si en la valoración agregamos el factor de sobrevivencia identificado hace 5 años, de que solo sobrevivía 1 por cada 10, el resultado es poco optimista, pues solo habríamos “recuperado” 1.3 mil hectáreas, o bien 3.2 mil has. si se plantan 400 por hectárea bajo condiciones más realistas de baja densidad.
Existe otro cálculo, el oficial, que indica que de cada 10 árboles plantados 7 sobreviven. Si fuera así la recuperación alcanzaría las 9.1 mil has.
Este cálculo optimista, sin embargo, también genera un rezago acumulable. Si Michoacán pierde anualmente un promedio 20 mil hectáreas de bosque y sólo se logran reforestar 1.3 mil, entonces arrastramos ―en tan solo 2026― un déficit de 18.7 mil hectáreas que deben sumarse a los acumulados de los últimos 30 años durante los cuales se ha perdido casi la mitad de todos los bosques que teníamos.
Se estima que en 1996 Michoacán tenía 2.6 millones de hectáreas de bosque y que tan solo en los últimos 20 años se perdieron 1.2 millones. Las causas de esta última pérdida es la expansión ganadera, el crecimiento urbano, pero sobre todo las plantaciones de monocultivos como el aguacate.
Es una verdad archisabida que el método que se utiliza para eliminar los bosques es la deforestación, el incendio, la tala ilegal y el cambio de uso de suelo. Frente a este avance arrasador la limitada y modesta reforestación que se promueve año con año es insuficiente.
Viendo hacia el futuro deberá pensarse en lo obvio, en que lo primero que debe hacerse es evitar que se tumben los bosques. Es una mayor victoria ambiental conservar los bosques que ya tenemos, con la biodiversidad que representan, que ir a plantar árboles cuya inmensa mayoría no sobreviven. Desafortunadamente hasta ahora no se ha podido controlar la pérdida.
Los bosques se están yendo a pesar de las políticas públicas y el optimismo oficial. Sin embargo, esta obviedad parece condenada por ahora a la intrascendencia, porque la política general de la Semarnat ha procedido a legalizar con el decreto del 24 de octubre del 2025 la deforestación y el cambio de uso de suelo de 2019 hacia atrás. Es decir, ha legalizado la pérdida de nuestros bosques sin que por ello los delincuentes deban remediar o pagar nada y sin haberle consultado a los michoacanos esta decisión.
El sistema de reforestación, hasta ahora imperante como política pública, tiene otra limitación. El 90% de los árboles que se distribuyen para ser plantados son pinos, sin tomar en consideración la biodiversidad de cada lugar que demandaría otro tipo de árboles.
Se plantan pinos como si los bosques michoacanos tuvieran esa única vocación; como si se pretendiera un monocultivo oficial de pinos para la industria y no la recuperación ecosistémica, ¿o ese es el propósito?
Hasta ahora sólo se habla del concepto de reforestación cuando lo más adecuado debería ser el concepto de Recuperación Ecosistémica, es decir, que para cada lugar debería haber una planeación que tuviera como objetivo la recuperación integral de la flora y de la fauna.
Cada lugar es diferente. La tierra, la temperatura, las enfermedades bióticas, los equilibrios ecosistémicos rotos o existentes. Hay algo que hasta ahora no tienen los programas de reforestación y es la planeación y el seguimiento de lo plantado.
Que debe suponer la evaluación y el conocimiento, en los tiempos biológicamente convenientes, del estado del bosque en crecimiento y de los ecosistemas asociados para sugerir nuevas intervenciones, por ejemplo, para atender las plagas que son una amenaza existencial para los arbolados.
El seguimiento debería permitir a las instituciones ambientales, a los dueños de los predios y a la sociedad civil participante, acceder a la geolocalización de los predios reforestados y conocer el estado de cada reforestación realizada en los años previos.
Si lo hicieran encontraríamos que muchas reforestaciones sólo quedaron en la fotografía, pero fueron incendiadas, víctimas de plagas o ni la tierra ni el agua les ayudaron y se han secado. Permitiría, eso sí, tener la certeza de cuántas hectáreas reforestadas están prosperando como cunas de vida para la biodiversidad michoacana.
Michoacán necesita sus bosques, porque sin ellos no hay agua, no hay vida ni tampoco hay sustentabilidad para las actividades económicas. Hasta ahora los gobiernos michoacanos nos han arrastrado poco a poco al suicidio ecológico porque políticamente no quieren quedar mal con los grupos sociales y económicos que viven de la rapiña de los bosques y de sus ecosistemas.
*El autor es experto en temas de Medio Ambiente, analista político, e integrante del Consejo Estatal de Ecología.