TRANSFORMANDO

En economía, las decisiones se miden por sus costos reales, no por sus intenciones declaradas, bajo ese principio, el envío de petróleo mexicano a Cuba es una mala política pública, especialmente cuando quien lo realiza es una empresa quebrada en términos operativos, Pemex, no se trata de simpatías políticas ni de afinidades históricas, sino de números duros, y los números de Pemex no admiten romanticismos.

Pemex arrastra un déficit estructural, una deuda que supera cualquier estándar razonable para una empresa productiva y una dependencia dependiente del presupuesto federal, en ese contexto, enviar petróleo sin pago inmediato, a precios preferenciales o bajo esquemas opacos de “cooperación”, no es solidaridad: es profundizar el problema financiero de la empresa más endeudada del país, cada barril que sale sin generar ingresos reales, es un barril que alguien más termina pagando, y ese alguien es el contribuyente mexicano.

El primer problema es elemental: el flujo de efectivo, Pemex necesita liquidez para operar, mantener infraestructura, pagar deuda y evitar que su deterioro financiero se convierta en un riesgo sistémico para la economía nacional, regalar —o cuasi regalar— petróleo implica, renunciar a ingresos que podrían destinarse a esos fines, en una empresa sana, eso sería una mala decisión; en una empresa deficitaria, es francamente irresponsable.

A esto se suma el costo de oportunidad, el petróleo enviado a Cuba tiene valor en el mercado internacional, puede refinarse, intercambiarse o utilizarse para reducir importaciones de combustibles, nada de eso ocurre cuando se manda a un país que no paga en efectivo y cuya capacidad de cumplimiento financiero es, siendo generosos, limitada. Cuba no es un socio comercial solvente; es un deudor crónico, desde el punto de vista contable, el riesgo de impago es prácticamente total.

Aquí aparece un segundo problema grave: la distorsión financiera, usar a Pemex como instrumento de política exterior encubre el verdadero costo de estas decisiones, si el gobierno mexicano quiere apoyar a Cuba, debería hacerlo mediante el presupuesto federal, con discusión y aprobación del Congreso, trasladar ese apoyo a Pemex, es esconder un subsidio en una empresa que ya no puede absorber más pérdidas, es una forma de maquillar la realidad fiscal.

Además, esta práctica contradice el discurso oficial de “rescatar Pemex”, no se rescata a una empresa quitándole ingresos, imponiéndole cargas políticas y obligándola a operar como brazo ideológico del Estado, se rescata capitalizándola, profesionalizándola y permitiéndole tomar decisiones con criterios económicos, todo lo contrario, a lo que ocurre cuando se le ordena enviar petróleo a un país insolvente.

El daño no termina ahí, los mercados financieros leen estas decisiones como señales, y la señal es clara: Pemex no opera bajo lógica empresarial, sino política, eso eleva el riesgo percibido, encarece el financiamiento y debilita la confianza de inversionistas y acreedores, para una empresa que depende de refinanciar deuda constantemente, ese mensaje es devastador.

En resumen, el envío de petróleo a Cuba no es un acto neutro ni simbólico, es una decisión con consecuencias económicas reales que agravan el déficit de Pemex, aumentan la presión fiscal y trasladan costos al ciudadano, la pregunta clave no es si México puede ayudar a Cuba, sino si puede hacerlo a costa de una empresa quebrada, la respuesta, desde la economía básica, es no.

“… ¿ya comenzaron las operaciones quirúrgicas en Mexico ?, pregúntenle a Wedding…”

Es tiempo de los ciudadanos …. ¡¡¡que no subsidiamos!!!

Abelardo Pérez Estrada es empresario, analista y expresidente de la CANACINTRA en Michoacán.