Editorial
En el caso de la violenta muerte de una familia de la comunidad sorda de Michoacán, decenas de medios de comunicación, por no decir centenas, sobre todo digitales, cometimos una perversión del ejercicio periodístico.
Dada la forma atroz en que fue ultimada la familia, pero sin elementos, sin prueba y sin un pronunciamiento oficial alguno, en el inicio de dicha noticia se infirió que el asunto estaba vinculado con el crimen organizado
De ahí que la información respectiva se manejara con un evidente amarillismo, criminalizando a las víctimas y estableciendo una injustificada alarma social; luego, tras la postura oficial se desmintieron esas especulaciones y solo la nota se sustituyó.
Sin embargo, el daño estaba hecho; de los medios de comunicación inculpados no, no, hubo disculpa ni retractación pública, solo un vergonzante silencio y un considerado cambió natural de la narrativa del caso, tratando de olvidar una falta de ética profesional.
Todo ello nos lleva a la erosión de la credibilidad, de la confianza, de gran parte de los medios de comunicación que se pusieron en la vitrina de la especulación y/o del amarillismo, ocasionan que las miradas, los oídos, se refugien en otros medios, peores.