El oficio que no se rinde: la vida de Don Panchito, afilador de Morelia
Morelia, Mich. | Agencia ACG.- A sus 77 años, Francisco León Chávez sigue recorriendo Morelia con el mismo oficio que aprendió cuando apenas tenía 12. A veces empuja su afiladora por las calles; otras, cuando el cuerpo lo permite, la sube a la moto o al carro.
Va de colonia en colonia, de casa en casa, esperando a que alguien lo llame. Así ha sido su vida: afilar, caminar y volver a empezar.
“Desde que empecé a trabajar esto tenía 12 años, yo tengo 77 ahorita”, dice con naturalidad, como si seis décadas de trabajo no fueran nada extraordinario. Al hacer la cuenta, sonríe: “Pues son como sesenta y tantos, ¿no? Más o menos”.
A don Francisco muchos lo conocen como don Panchito o Panchito el León. El oficio no lo aprendió solo. Lo heredó. La afiladora que todavía utiliza perteneció a su padre, José Carmen León Torres, un nombre que aún recuerdan algunos morelianos.
“Él era el bueno aquí en Morelia”, dice sin dudar. Fue quien le enseñó todo: el manejo de la herramienta, el cuidado del metal y la importancia de hacer bien el trabajo. “Esta es herencia de él, él lo hizo, él lo perfeccionó”.
Durante años, don Panchito empujó la afiladora por las calles. “Rodando”, aclara. “Lo acomodo y me voy… ella agarrando y yo afilando las cosas”. Hoy combina ese recorrido con trayectos más largos apoyado en su moto o su carro.
Altozano, Lagunillas, la salida a Quiroga, Cuitzeo y distintas orillas de la ciudad forman parte de su ruta habitual. “Casi la mayor parte de aquí de Morelia, las salidas, todo”, resume. Más lejos no. No por falta de oportunidades, sino por decisión.
“Me invitan a Estados Unidos y dije: no, aquí estoy bien”.
El trabajo nunca le ha faltado. Además de domicilios particulares, lo llaman de hospitales, clínicas, escuelas, secundarias, preparatorias, salones de belleza y restaurantes. “A mí mucha gente me ha llamado, me ha jalado, me ha llevado a donde sea.
El hijo de don Carmelito
“Yo les hago sus trabajos ahí adentro”, cuenta. Su nombre se transmite de boca en boca, como antes, cuando lo reconocían como el hijo de don Carmelito. “Yo me acuerdo de ti, tú andabas chiquito”, le llegaron a decir.
Para don Panchito, afilar no es sólo pasar el metal por la piedra. Es saber hacerlo. Y ahí marca una diferencia que le preocupa. Habla de quienes llegan de fuera y cobran barato, pero sin conocimiento. “Andan afilando las cosas en cinco o diez pesos lo que se cobra cincuenta, sesenta, ochenta o cien. No saben. Y hacen puras tarugadas”, dice sin rodeos. Por eso insiste en que la gente tenga cuidado, porque “se echan a perder todas sus cosas”.
Hubo un momento en que pensó en organizar a los afiladores, formar un comité y poner orden en el oficio. Incluso le propusieron encabezarlo. Lo pensó con calma y decidió no hacerlo.
“Al último los beneficiarios van a ser otros y el afilador, ¿dónde queda? A un lado”, reflexiona. Prefirió dejar las cosas como están: que cada quien responda por su trabajo y que la gente aprenda a distinguir a quién llamar.
Los fabricantes de armas
La historia del oficio en su familia va más atrás. Sus raíces están en Zacapu y Guanajuato, donde, según le contaba su padre, algunos de sus tíos fabricaban armas: rifles, carabinas, escopetas y pistolas.
“Ahí salió el afilador”, dice, recordando cómo empezó a emparejar piezas, rebajar metal y aprender sin darse cuenta. Con el tiempo, la familia se llenó de afiladores en distintas partes del país: Pachuca, Ciudad de México, Guadalajara, Acapulco. “Como siete u ocho afiladores salieron”.
De todo…
Don Panchito no sólo afila. También es hojalatero y pintor. Endereza piezas, suelda, pinta y saca golpes. “Todo lo hago yo también”, dice, aunque aclara que hay oficios que no son lo suyo. Cada rama tiene su herramienta y su conocimiento, y él conoce bien la suya.
Prometió a su padre no dejar perder el oficio y, hasta ahora, ha cumplido. Sus hijos saben afilar. “La mayoría, todos saben esto. Hasta las mujeres saben”, dice con orgullo.
Don Panchito sigue ahí, con su aparato, su historia y una vida hecha a fuerza de calles recorridas. Cuando alguien pregunta por él, la respuesta es sencilla: “Soy el afilador”. Y con eso, Francisco León Chávez ha construid