Lo más importante es que no existe una definición única de populismo. Son muchas y, a menudo, se contraponen entre sí.

EMILIANO MEDINA

“Populista” es un término que se utiliza de forma superficial en el debate público. Este concepto es comúnmente empleado por políticos y amplificado por los medios de comunicación para denostar al adversario. Así, personajes como López Obrador, Donald Trump, Viktor Orbán o Nicolás Maduro son catalogados como populistas, aun cuando mantienen narrativas y estilos de gobierno diferentes. Entonces, ¿qué significa ser populista? Y, aún más importante, ¿tiene vigencia este concepto? ¿qué representa hoy?

El primer problema es que es un término en disputa; es decir, no existe un consenso sobre lo que significa ser un populista. El populismo moderno surge con el movimiento de los Naródnik en Rusia y con el People’s Party en Estados Unidos, ambos fenómenos de finales del siglo XIX y principios del XX. Los narodniki eran grupos revolucionarios que se organizaban bajo el lema de “ir al pueblo”. Ello significaba regresar a los valores tradicionales del campesinado en el contexto de la rusia zarista: acercar el poder al pueblo.

Por su parte, el People’s Party en Estados Unidos fue un partido político impulsado por campesinos y pequeños terratenientes que temían que la irrupción de tecnologías como el ferrocarril afectara sus intereses económicos. Su plataforma política consistía en una reforma monetaria, en la propiedad gubernamental de sectores estratégicos y en la limitación de los grandes capitales a la compra de tierras.

Estos son los orígenes del término moderno, surgido en contextos muy diferentes. Sin embargo, aún no es claro si se trata de una forma de gobernar o de un estilo narrativo. Lo rastreable en ambos movimientos es la apelación al “pueblo”. A su vez, esta apología al pueblo es entendida como un retorno a lo tradicional y, por lo tanto, presupone una desconexión entre la población y los políticos. Esa es la promesa populista, o como claramente lo ha dicho Donald Trump: “No sólo estamos transfiriendo el poder de una administración a otra o de un partido a otro, sino que lo estamos transfiriendo desde Washington hacia ustedes, el pueblo”.

Esta visión dicotómica y maniquea de la sociedad constituye una retórica populista: la segmentación de los ciudadanos entre buenos y malos, originarios y extranjeros, virtuosos e indignos. No obstante, en la academia existen definiciones y preguntas pertinentes que conciernen al término. Por ejemplo: ¿se trata de un estilo de gobierno? ¿Cuáles son sus implicaciones? Para algunos autores la respuesta es sí, Dornbusch y Edwards (1991) proponen que se trata de una estrategia redistributiva cortoplacista que genera más detrimento que bienestar económico. A su vez, Urbinati (2021) considera que el populismo termina por causar profundas transformaciones a las democracias liberales, en las que se rechazan los partidos tradicionales y se reinterpreta la democracia como un mayoritarismo radical.

La visión plasmada por ambos autores pertenece a nociones más amplias del término y no son las únicas. Weyland (2001) habla que el populismo consiste en una estrategia política emprendida por un líder carismático que busca la comunicación con el electorado desde canales no institucionales. Personalismo como característica del populismo.

Lo más importante es que no existe una definición única de populismo. Son muchas y, a menudo, se contraponen entre sí. Entonces, ¿tiene sentido tildar a Trump o López Obrador de populistas? En el sentido práctico sí, lo son. Sin embargo, considero que se debe ser puntual para reconocer por qué lo son: ¿es su retórica? ¿su forma de gobernar? ¿son las consecuencias que su gobierno representa para las democracias liberales? Sin estos matices, el término se mantiene degradado en la conversación pública, donde todos son populistas sin saber exactamente por qué.

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